Cuando somos niños nos gusta escuchar historias. Nos gusta soñar con convertirnos en tal o cual personaje. De niños sólo tenemos el futuro, el pasado es tan poco que no nos preocupa. Lo que queremos ser, se encuentra en el futuro. Soñamos con ser el mejor futbolista del mundo, la modelo más bella. Soñar e imaginar es tan natural que lo hacemos tan fácil como respirar. Nos emocionamos al dormir imaginando el futuro. El futuro nos da esperanza. El futuro le da sentido a todo lo que hacemos en nuestra infancia.
¿Qué le sucede con el tiempo a esa capacidad, casi innata, que tenemos de soñar? Parece que al crecer la fuimos olvidando. De niños no tenemos límites, al pensar incluso podemos volar. En programas de TV incluso avisan algo así como “Niños, no intenten esto en sus casas” Sólo nos dedicamos a soñar sin preocuparnos por analizar si será posible hacerlo realidad. Dicen que la vida te va dando argumentos para perder esa capacidad. ¿Será cierto? Ahora que acaba de pasar el día del niño me lo pregunto con más insistencia.
Parece que en realidad con el tiempo vamos dejando que el ruido del mundo devore nuestra capacidad de soñar. Siempre que le pregunto a las personas “adultas” sobre cuál es su sueño, me sorprende que tardan en responderme. Invariablemente me contestan con una pregunta ¿Cuál es mi sueño? Y se quedan mirando al techo y les cuesta trabajo responder. Muchas personas han perdido su capacidad, o al menos eso creen. “Me gusta ser realista” es otra de las frases que más escucho al preguntar.
Si hacemos un poco de memoria veremos que lo que hoy somos hace tiempo era sólo un sueño, lo veíamos inalcanzable, lejano. Todos nuestros logros en la vida en algún momento fueron sólo sueños, ideas. Todo lo que seamos capaces de soñar e imaginar seremos capaces de lograr; algo así más o menos dijo alguien.
El detalle es que hoy de “grandes” le dedicamos mucho tiempo al análisis de cómo lo lograremos. Esa es la trampa. Un sueño es ese algo que no se sabe cómo se va a lograr. Ese es un segundo paso. Nos adelantamos y justo es ahí donde nos entrampamos, porque al pensar con la razón boicoteamos nuestro propio sueño. Es paradójico, lo sé, pero un sueño no se piensa con la razón. Un sueño es algo que se piensa con la parte del cerebro que usábamos de niños, creyendo que todo se puede. Un sueño es tener un por qué hacer las cosas. Dicen que cuando tenemos un por qué los cómos aparecen. Eso es justo a lo que quiero invitarlos: sueñen, redescubran esa capacidad infantil de crear mundos alternos, lugares a dónde volar, a dónde ir cuando las cosas se ponen rudas, saquen sus alas.
Les garantizo una cosa, si sueñan no pierden nada. Lo peor que puede pasar es que descubran que lograr el sueño es posible. Que descubran una nueva motivación para hacer las cosas que hacen todos los días. La vida comienza a tener un sentido distinto.
Bueno eso es sólo mi humilde opinión. Soy un soñador que ha descubierto que lograr los sueños es posible. Que vive en un mundo casi paralelo porque paso mucho de mi tiempo soñando. Imaginen a las personas que me rodean intentando ponerme en “la realidad”. Les dejo un video de una canción que me gusta mucho: Duerme Soñando.